Crecimiento verde dos por uno

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Fuente: diariolibre.com

Subsidios de combustible fósil. Algunos países ya se han percatado de la naturaleza temeraria de los subsidios de energía y están recortándolos.

La mayoría de los economistas están de acuerdo en que los subsidios de combustibles fósiles son una mala idea. Promueven una mala asignación de recursos en la economía, a saber, el consumo excesivo de combustibles fósiles. Pueden convertirse en una carga para las finanzas públicas. Además, los desechos aumentan las emisiones mundiales de carbono.

Algunos países ya se han percatado de la naturaleza temeraria de los subsidios de energía y están recortándolos. Durante el último año más o menos, Jordania, Marruecos, Indonesia y Malaysia todos han reducido los subsidios y han incrementado el precio de los combustibles. Pero como explicamos en la edición impresa de esta semana, esto se debe más a preocupaciones económicas y fiscales que a las del medio ambiente.

Es el creciente costo de los subsidios, en lugar de preocupación acerca del cambio climático lo que explica el renovado interés en recortarlos, dice Fatih Birol de la Agencia Internacional de Energía (IEA). Se han tornado inasequibles en la medida en que los precios mundiales del petróleo se han más que duplicado entre el 2009 y el 2012. En Jordania, por ejemplo, su costo aumentó más de diez veces en solo dos años. Y en muchos otros países ahora representan más del 5% del PIB.

A nivel mundial, el costo de los subsidios gubernamentales de los combustibles fósiles aumentó de $311 mil millones en el 2009 a $544 mil millones en el 2012, estima la IEA. Cuando se incluye el ingreso por impuestos que se pierde, esta cifra aumenta a cerca de $2 trillones, igual a más de 8% de los ingresos gubernamentales, según un informe reciente del FMI.

Gran parte de este gasto es desaprovechado; el consumo excesivo de energía no conduce a mayores niveles de producción económica por el contrario dis- minuye los niveles de eficacia:

Otras investigaciones sugieren que la mayor parte de este gasto conduce a grandes «pérdidas de eficiencia», significando pérdida de eficiencia económica como un resultado de la intervención del gobierno. En el caso de subsidios de combustible para transporte terrestre, con un valor de $110 mil millones a nivel mundial en el 2012, conjetura Lucas Davis de la Universidad de California, Berkeley, en un nuevo artículo, que estas pérdidas alcanzaron $44 mil millones.

Este desperdicio es una vergüenza. La eliminación de los subsidios de combustibles fósiles puede proveer parte de la respuesta a la preocupante interrogante del mundo desarrollado: cómo reducir las emisiones globales de carbono sin afectar el crecimiento económico o el estándar de vida. Según investigación del FMI, no menos del 15% de las emisiones globales de carbono son causadas por el consumo excesivo efecto de estas políticas. Con la eliminación de estas políticas, muchos países, de un plumazo, casi alcanzarían sus metas de reducción de carbono para la próxima década. Y, a largo plazo, al eliminar los subsidios se aumentaría la eficiencia económica y liberaría parte del gasto público para implementar políticas en pos de crecimiento más sostenible, tales como la educación e infraestructura de transporte público, que ahorraría carbono e impulsaría el crecimiento.

Pero, desafortunadamente, las políticas de subsidios no pueden ser eliminadas completamente en el corto plazo. La opinión pública en todo el mundo es hostil a la idea de precios de energía más altos, no importa qué tan gravados o subvencionados estén. Nuevas investigaciones del FMI indican que el eliminar los subsidios sin producir una reacción adversa del público se tarda alrededor de cinco años de reducciones graduales. Con mayor razón para empezar cuanto antes, en lugar de esperar hasta que la situación económica obligue a tomar acción inmediata.

© 2013 The Economist Newspaper Limited. All rights reserved. De The Economist, traducido por Diario Libre y publicado bajo licencia. El artículo original en inglés puede ser encontrado en www.economist.com

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